Victoria Abril y el club del cerebro frito

A estas alturas de la pandemia, ya no estamos para tonterías. Ya nadie se acuerda de los aplausos de las ocho, no se cocina pan en casa ni se practica yoga en el salón. Todos hacemos lo que podemos en la asfixia de este mundo parado que se ha vuelto tan pequeño. Nos levantamos cada mañana como autómatas sin planes, cada día lo intentamos. El esfuerzo por no rendirnos está siendo hercúleo. La gente está fatal, estamos fatal. Por eso, al menos por eso, que no nos vengan con chorradas.

Cualquier idiotez tiene la capacidad de esparcirse a mayor velocidad que un virus. Son como los rumores que lo van royendo todo. Los negacionistas del coronavirus son esa gangrena feroz, inútil, gratuita. Cruel y peligrosa, sobre todo peligrosa. Hay que ser irresponsable y tener el cerebro muy frito para decir que toda esta pesadilla es un invento y la vacuna poco más que agua sin gas.

Ya es muy raro conocer a alguien a quien el coronavirus no haya abofeteado en la cara. Si no has enfermado tú, lo habrá hecho alguien cercano, algún familiar o amigo. Quizá al principio podía sonar a algo lejano, ahora ya no. Yo misma durante los primeros seis meses de todo esto apenas conocía a nadie enfermo de Covid-19. En el último medio año, ya he perdido la cuenta de los contagiados; de los que entraron en la UCI y los que aún tienen secuelas. Los he visto, me lo han dicho ellos mismos. Me han contado el miedo, el dolor y la soledad de esta enfermedad y sus muertos.

Negarlos a todos ellos supera la idiotez supina, es una crueldad intolerable que aumenta este sufrimiento. Las palabras de Victoria Abril, Miguel Bosé y su ejército de ignorantes hacen daño, desesperan y alertan. Suponen siempre el peligro de que esa banalidad se expanda hasta empeorarlo todo aún más. No merecen el respeto ni que nadie pierda ni un segundo en rebatir con ellos tanta necedad. La realidad debería bastar para inmunizarnos de ese cuento. Todo este drama humano es suficiente para negar esa alucinación en la que ellos prefieren vivir.

La magnitud de esta tragedia es insoportable para la mente humana. Pensarla en toda su dimensión resulta casi imposible, si no estás en esa primera línea de los hospitales y los comedores sociales. El resto apenas logramos atisbar por unos segundos toda esa realidad. Por supervivencia, la vivimos en su periferia.

El club del cerebro frito es incapaz de aceptar la fragilidad de esta sociedad, su insoportable levedad. Cuando todo se ha vuelto tan complicado, su respuesta a todo este caos e improvisación es más simple que el mecanismo de un botijo. Chamanes de la vergüenza, lo reducen todo al absurdo mientras los demás escuchamos exhaustos sus tonterías.