Tremendismo sobre el cambio de presidente en el Banco Interamericano

Es normal que la elección por primera vez de un estadounidense, en lugar de un latinoamericano, como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) no haya gustado a muchos en la región, pues se rompe una tradición existente desde la creación de la entidad, hace 60 años, que intentaba dar protagonismo a los vecinos continentales de Estados Unidos, a pesar de que la potencia norteamericana es el principal aportador de fondos del banco.

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Pero muchas de las críticas expresadas contra Mauricio Claver-Carone, nacido en Florida de familia cubana, obedecen sobre todo al hecho de que ha formado parte de la Administración Trump (ha venido ejerciendo de responsable para Latinoamérica en el Consejo de Seguridad Nacional, órgano dependiente de la Casa Blanca). A veces parecía que no molestaba tanto que fuera estadounidense como que quien le promovía era Trump.

En realidad, poco puede objetarse a que EE.UU. promueva su propio candidato. Se entiende que los países de Latinoamérica y el Caribe deseen que Washington deje espacio a sus vecinos, porque si no, por su tamaño, ocuparía muchos de los puestos de las organizaciones hemisféricas. También Europa vela por seguir dirigiendo el Fondo Monetario Internacional (FMI): otro pacto no escrito por el que durante décadas EE.UU. ha venido cediendo a los europeos el protagonismo que le podía corresponder (en cambio, el presidente del Banco Mundial ha sido siempre un estadounidense). De ahí que la Unión Europea haya mostrado reticencias a la elección de Claver-Carone, no vaya a ser que también en el futuro Europa pierda su prerrogativa y deje de encabezar el FMI.

En esto, la UE reclama la generosidad de Washington, pero poco generosa es la propia Europa ahora que China y otros países emergentes empiezan a reclamar que se termine el reparto de poder entre Europa y EE.UU. en el FMI y el Banco Mundial.

El que más aporta
Estados Unidos aporta el 30,6% el capital del BID (54.237 millones de dólares de los 176.753 millones del balance de 2019) y es normal que en un momento dado haya querido hacer valer su peso para designar a un estadounidense como director del banco. Se puede argumentar que a Washington le interesa llevarse bien con la región y que, guardando una posición más discreta (generalmente le ha correspondido el segundo puesto en el organigrama del BID), en realidad consigue más de sus vecinos que queriendo llevarse el protagonismo. Pero, ¿no habrá que dejar que sea EE.UU. quien determine lo que cree que es su interés? Sus socios también son libres de responder con lo que crean que es su respectivo interés.

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En este momento de cierto repliegue internacional, en el que la globalización está dando lugar a la «glocalización», encaja perfectamente que Washington mire con más intensidad a su región y que de algún modo reavive la Doctrina Monroe. Menos interesado en el petróleo de Oriente Medio, por la autosuficiencia energética alcanzada, y deseoso de un «desacoplamiento» respecto a China, EE.UU. mira con nueva atención a su hemisferio, alarmado además por la penetración en él de Pekín (también en los programas del mismo BID).

Se le negó ser «número dos»
Los máximos responsables de las entidades en cuyos consejos de administración se asientan estados no se pactan en función de las cualidades de un candidato, sino de la correlación de fuerzas que en cada momento se articula entre esos países: el currículum del aspirante se tiene en cuenta, evidentemente, pero pesa más su nacionalidad. Luis Alberto Moreno llegó a la presidencia en 2005 por colombiano (aun con los mismos méritos, no habría sido elegido de haber sido propuesto en aquel momento por, pongamos, Honduras o Perú).

Si Moreno no hubiera permanecido tanto tiempo en el cargo –tres mandatos de cinco años cada uno–, la renovación no se habría producido durante la Administración Trump, tan molesta para sus detractores. Pero es que, además, si Moreno, apoyado por otros, no hubiera boicoteado la aspiración de Claver-Carone de ser el «número dos» del banco (eso aseguran fuentes conocedoras de las conversaciones), lo que preservaba el pacto establecido durante décadas, probablemente no habría llevado a Trump a romper la baraja y querer poner de presidente del BID a su candidato.

Decir que Claver-Carone no podía ser presidente de la entidad por la política mantenida en el Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU. en relación a Venezuela y a Cuba, obviando por otra parte su preparación para el puesto (trabajó en el FMI), era como defender que ninguno de los países del Grupo de Lima, muy alineados con Washington en la presión a Maduro y nada simpatizantes de la dictadura cubana, estaba legitimado a promover un candidato.

A Claver-Carone habrá que juzgarle a partir de ahora y podrá tenerse un juicio sobre su gestión cuando avance su mandato. También hubiera sido absurdo juzgar a Luis Alberto Moreno cuando llegó al puesto. Hoy puede valorarse de forma generalmente positiva su presidencia, aunque excesivamente larga. Claver-Carone se ha comprometido a estar solo cinco años.

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