Muere José Díaz Rincón, un referente laico en la iglesia toledana

A los 91 años ha fallecido J
osé Díaz Rincón, figura puntera en al Archidiócesis toledana dentro de los movimientos laicos cristianos. Con este motivo, Isaac Martín, delegado Episcopal de Apostolado Seglar de la Archidiócesis de Toledo, ha escrito el siguienet artículo.

«Hay personas –la inmensa mayoría– que se mueven en el tiempo en el que viven sin rumbo fijo, en función de las circunstancias que les acontecen en cada momento; algunas otras, comprometidas con la realidad, buscan realizar sus ideales tratando de intervenir en ella; solo unos pocos elegidos poseen la capacidad de adelantarse a sutiempo y hacer de su vida un anticipo de lo que está por venir. Uno de ellos, sin duda, ha sido José Díaz Rincón, conocido por muchos como Rincón; Pepe, para los amigos; José para San Juan Pablo II.

Nacido en El Romeral en 1930 en el seno de una familia muy humilde, tuvo una infancia carente de grandes alegrías. La guerra civil y sus terribles consecuencias, el hecho de tener que trabajar desde muy pequeño, la débil salud de su madre y el ser el mayor de entre sus hermanos le obligaron a renunciar a una de sus grandes pasiones: estudiar. Ello no le impidió, sin embargo, hacerse a sí mismo de la mano de algunos de los mejores maestros de la vida. Aprobó simultáneamente tres oposiciones. Oírle hablar en público era una delicia: la fuerza de su voz, la combinación con los gestos de sus manos, el manejo del lenguaje, la precisión en la expresión, el profundo conocimiento de la Biblia y de los textos del Magisterio de la Iglesia eran propios de un erudito. Leer los artículos que publicaba periódicamente en diferentes revistas y sus cartas, que seguía escribiendo incansablemente, no dejaba indiferente.

Profesionalmente fue inspector técnico de servicios del Ministerio de Industria. Casado con María –su apoyo constante, sin la cual no se entiende ni hubiera sido posible su inmensa figura–, fue padre de cuatro hijos.

Si hubiera que elegir una palabra para calificarlo y definir su trayectoria vital sería la de apóstol. Desde muy pequeño comprendió con profundidad la esencia de la fe cristiana: la persona de Jesucristo y el misterio de la Iglesia. Y a uno y otra dedicó su vida.

Servicio a la iglesia
Presidente diocesano de los jóvenes de Acción Católica, Presidente Nacional del Movimiento Rural Cristiano, Vicepresidente de la Federación Internacional de Movimientos de Adultos Rurales Católicos, miembro del Pontificio Consejo para los Laicos durante 9 años con Pablo VI y Juan Pablo II, son solo algunos datos que permiten comprender su servicio a la Iglesia, reconocido con la Medalla Pro Ecclesia e Pontifice. Podría afirmarse, en definitiva, que fue, de hecho, la encarnación del concepto de apóstol seglar del que hablan el Evangelio y los textos del Magisterio sobre el laicado que inspiraron su vida. Su entrega y testimonio público le trajeron no pocos problemas e incluso alguna purga a nivel profesional, pero ello no le impidió encontrar el modo de seguir adelante ni mermó su firmeza en la defensa de la fe.

Publicó en 2012 un pequeño libro con sus memorias – «Me sedujiste, Señor. Experiencias y convicciones de un seglar»– en el que, a través de diferentes anécdotas y recuerdos, construye un discurso certero sobre qué es y qué implica la vocación laical.

En su prólogo, monseñor Francisco Cerro, arzobispo de Toledo, lo define como «uno de los laicos más conocidos y representativos de la Iglesia española». Efectivamente, Pepe fue un prototipo de laico, una persona que se anticipó a lo que después el Concilio Vaticano II definiría como una auténtica vocación: la vocación laical.

Catequista desde los 10 años hasta el final de su vida, no dejó nunca de formar en la fe a cuantos le eran encomendados. Tampoco de hacer todo lo que se le pedía para la promoción del laicado. De hecho, fue una de las personas elegidas para articular parte de los contenidos del Congreso de Laicos celebrado en febrero de 2020, que tanto impacto ha generado en la Iglesia española.

Un hombre alegre
Su sonrisa perenne, la alegría que rebosaba, la pasión que transmitía en todo cuanto hacía y decía permanecerán siempre en nuestra memoria. Pero eso no basta. En el mencionado libro escribió que «la corresponsabilidad de los laicos está más afirmada que realizada». Él dedicó su vida a esta misión; seguir su legado es responsabilidad nuestra.

San Juan Pablo II se refirió en distintos escritos al laicado como el gran gigante dormido de la Iglesia. El laicado, a su vez, tiene sus propios gigantes. Uno de ellos, el nuestro, fue Pepe Rincón.