«Me arruinaron la vida; pasé 413 días en tres cárceles por un secuestro que no existió»

«Mi vida ha sido arruinada por completo. Todas mis aspiraciones, mis negocios, mis sueños (…) Pasé 413 días en tres prisiones por un secuestro que no cometí porque no existió». Habla Abel, de 28 años, que concede a ABC la primera entrevista a un medio de comunicación. Él, Rubén, Carlos y Nicolae fueron absueltos en octubre del rapto de un joven llamado Federico en Santa Olalla en noviembre de 2017.

El tribunal de la Audiencia Provincial de Toledo que los juzgó lo dejó claro en su sentencia: «No puede sostenerse que exista el delito del secuestro condicional (…) en tanto en cuanto falta el elemento esencial de la acción; que conste que Federico permaneció en el club Erótica en contra de su voluntad».

«Que yo sepa, nadie ha recurrido y van a declarar firme la sentencia en estos días», asegura Antonio Abella, abogado de Abel. Es el mismo letrado que espetó en septiembre, durante el juicio, una frase que retumbó dentro de la sala noble de la Audiencia: «Si hubo un secuestro, sería el más chapucero de la historia».

«No le vi maldad»
Sin embargo, la Fiscalía mantuvo en el informe final su petición de cárcel -de 5 a 12 años- para los cuatro procesados; existía, dijo, «prueba abundante, demasiada, excesiva» que demostraría su culpabilidad. Una tesis que respaldó completamente la acusación particular, pero que tuvo el rechazo absoluto de los abogados de la defensa. «Federico es profundamente mentiroso, mentiroso profesional», aseguraron en el juicio.

«Federico -relata Abel- es una persona del pueblo a la que conozco desde hace más de diez años. Vino llorando y diciendo que lo querían matar porque debía mucho dinero, pero no nos dijo quién. Pedía ayuda y yo no le vi ninguna maldad. Sí es verdad, y lo reconozco, que nos iba a dar una cantidad de dinero por ayudarle, pero no había que secuestrarle ni hacer llamadas de teléfono. Yo no lo ayudé por el dinero, porque mi negocio iba muy bien, sino porque vino dando pena». «Nos iba a dar 10.000 euros para todos -continúa-. Dijo que la única forma de conseguirlo era engañando a sus padres y que no era la primera vez que lo hacía». «En su teléfono móvil, Federico me enseñó vídeos de la fábrica y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de sacar dinero. Carlos y yo sí sabíamos que iba a intentar estafar a sus padres para pagarnos», reconoce.

«Sigo tomando pastillas para dormir y controlar la ansiedad, porque pienso que me siguen»

Cuando Abel fue detenido, regentaba el hostal y club de alterne Los Ángeles, en Otero, con acceso a la autovía del Suroeste (A-5) y a unos metros del club Erótica, donde Federico dijo que había estado secuestrado. «Yo no había tenido antecedentes policiales en mi vida y no podía ser un objetivo peligroso o casi peligroso, como dijo la Guardia Civil, porque no había tenido ningún problema con la Justicia. Mi club era un negocio de noche; la Guardia Civil relaciona mal los negocios nocturnos con delitos y eso influyó; lo fácil era echarnos todo el marrón», subraya. Y asiente: «Influyó negativamente que Carlos tuviera antecedentes y fuera conocido por la Guardia Civil».

«Me arrestaron expresamente por las declaraciones de Federico, que dio nuestros nombres. Desde el minuto uno, estuvimos vigilados y señalados por la Guardia Civil», afirma mientras trata de usted al periodista.

Para él, hubo «cosas extrañas» durante la instrucción, que «fue un cachondeo y todavía tengo dudas de por qué se hizo así. Algo tan mal hecho no es casual». «La jueza de Torrijos fue la principal causante de todo esto -asevera-. Desde el minuto uno, había pruebas para demostrar que todo era una mentira. Había conversaciones en Facebook y cosas que la jueza no quiso ver; dijo que lo viera el tribunal cuando nos juzgasen y que a nosotros nos mandaba a prisión».

Abel, que perdió a su novia tras la detención, estuvo encerrado en tres cárceles. Con 25 años, entró en la prisión de Ocaña I el 27 de noviembre de 2017. «Estar más de un año en la cárcel sabiendo que eres inocente; aportando pruebas que no valen de nada; viendo a tu familia destruida y sólo cuarenta minutos a la semana por un cristal…». Pero Abel siempre tuvo el respaldo de sus padres, que «no dudaron de mí y me apoyaron desde el primer momento».

Humillado
«Mi paso por prisión fue muy malo, una experiencia que no se la recomiendo a nadie. Como en las películas -resume-. El trato de los funcionarios…, como si fueras la peor clase de persona;las condiciones en las que se vive son malas en habitabilidad, el agua caliente no existe, los conflictos que te buscas por nada, por un simple café. En prisión, sesenta céntimos es como si fueran mil en la calle. Todo son problemas. No es que fue puntualmente en una; lo vi en otras porque me cambiaron de cárcel dos veces».

Estuvo también en el centro penitenciario de Aranjuez, debido a unos «ajustes de seguridad según me dijeron», y luego ingresó en el de Navalcarnero. «En Aranjuez conocía a un jefe de servicio que era el presidente de un club de atletismo en el que estuve muchos años. Me dijo que yo era un delincuente y me dio la espalda. Fue una de las veces que más humillado me sentí allí y, de un día para otro, me enviaron a Navalcarnero».

«Iremos contra Federico por denuncia falsa, injurias, calumnias y falso testimonio en sede judicial. Yo lo he perdido todo. Pero voy a ir hasta el final por mi orgullo y mi dignidad»

En prisión, Abel siguió musculando su cuerpo tatuado -«era lo único que me relajaba»- hasta que salió en libertad provisional el 28 de diciembre de 2018, día de los Santos Inocentes. Pagó una fianza de 15.000 euros que, a día de hoy, «no me han devuelto»; le retiraron el pasaporte y tuvo que presentarse cada dos semanas en un juzgado. «En esos 413 días en prisión perdí el negocio porque tuve que cerrarlo y ahora me encuentro arruinado completamente y mi familia, rota por algo que no he hecho. No se respetó la presunción de inocencia, tanto por parte de los periodistas como por la Guardia Civil; se nos culpabilizó desde el minuto uno», afea. «Entiendo que los periodistas se fiasen de la información de la Guardia Civil. Pero, después de la sentencia, el único medio de comunicación que se ha interesado por nosotros ha sido ABC», se queja.

Abel cuenta que esta trágica odisea no le ha ocasionado sólo unas secuelas económicas. «Sigo tomando pastillas para dormir y controlar la ansiedad, porque pienso que me siguen, que la policía viene detrás mía. Voy a tener que ir al psicólogo, he ido al psiquiatra y sigo en ello», explica.

«Deudas por todos los lados»
Trabaja ahora como teleoperador para vivir. «Tengo deudas por todos lados. Mis negocios me iban bien y los bancos me prestaban dinero. Pero, al pasarme eso, no pude seguir pagando. Lo he perdido todo y me busco la vida como buenamente puedo, con la ayuda de mis padres y con lo poco que les queda, porque han tenido que prestarme dinero para los abogados y para la fianza», relata con una voz sosegada.

Con Federico se cruza en la calle, pero éste desaparece en su coche cada vez que se encuentran. «No nos ha pedido perdón y no espero que me dé explicaciones. Está enfermo y, en cuatro o cinco años, se lo volverá a hacer a otra persona porque sigue teniendo deudas -vaticina Abel-. Sigue con su misma vida y no va a cambiar. No tiene vergüenza ni sabe el daño que ha ocasionado».

Adelanta que irá contra Federico «por denuncia falsa, injurias, calumnias y falso testimonio en sede judicial. Yo lo he perdido todo. Pero voy a ir hasta el final por mi orgullo y mi dignidad».

Abel ahora tiene una nueva novia, que ya conocía su agitada historia; continúa musculándose y agradece que en Santa Olalla lo sigan mirando bien, «porque todos los que me conocen sabían desde el minuto uno que era mentira». «Lo que ha cambiado es que ahora la Guardia Civil te saluda. Antes de la sentencia, te miraban con desprecio y ahora he pasado de ser un delincuente a ser una persona honrada. Pero en el camino he dejado mucho dolor».