La muerte como Carmina Ordóñez

Creer a alguien es una cuestión de fe. Es de perogrullo decirlo, pero no se me ocurre momento más oportuno para recordarlo. Cada uno elige sus batallas del mismo modo que escoge a quién creer. Cuando hay un conflicto con dos versiones, nos ocurre aquello que decía Enric Gonzalez en ‘Historias de Roma’. En el momento en que le trasladaban como corresponsal a una ciudad nueva y ponía el fútbol, de forma orgánica se descubría apoyando siempre a un equipo. Escogía desde una posición casi involuntaria. Elegía, a veces con razones, y otras, sin más. Cuidado cuando eso ocurre con asuntos importantes. Reaccionamos igual.

Entre los titulares y los ‘trending topic’ de estos últimos días hay casos paradigmáticos de esa forma irracional de posicionarnos. Nevenka Fernández y Rocío Carrasco. El domingo llegó hasta mí un artículo de un señor (quizá señorito, lo ignoro) que recogía la versión de Ismael Álvarez, el entonces alcalde de Ponferrada condenado por acoso sexual a la que fue su concejal. Hasta ahí todo bien, yo también quiero saber lo que tiene que decir un hombre ya condenado. Quiero saber si por fin pide perdón o si aún sigue echando balones fuera, o peor, culpando a la víctima. Empecé a leerlo por ese motivo y, ¡sorpresa!. El autor, ese señor o señorito catalán, no quiso limitarse a recoger la versión del condenado. Quiso, o necesitó, convertirse también en protagonista del artículo. Todo lo que ahí escribió partía de sus prejuicios. Todos los adjetivos gratuitos; todas las descripciones, desde el principio, desde el relato elevado a provocación de ese vestido que llevaba Nevenka cuando inició su carrera política… Todo lleva el sello inconfundible del que firma esas líneas. Solo escribes eso si estás muy pagado de ti mismo; si sabes que tienes patente de corso.

El señor o señorito se queja al final de su texto de que en esta sociedad la palabra de la mujer va a misa. Hablamos de 2002, entonces, conviene recordar, aún faltaban muchos años para el Me Too, en aquel momento el movimiento feminista era residual y llamar a alguien así (feminista) era poco más que un insulto. Dice eso ahora, cuando ya sabe que Álvarez fue condenado, cuando se aportaron todas las pruebas. Con eso demuestra, primero, que escoge creer la versión de un hombre al de una mujer. Porque sí. Aunque las pruebas y la Justicia hayan dicho lo contrario. Y segundo, que esa Justicia que condenó al ex alcalde en una sentencia sin precedentes, se la trae al pairo. Ese señor o señorito, opino, es un misógino, y quiere elevar su misoginia a sentido común. Y mira, no, estamos en 2021.

Él escoge creer a ese hombre condenado antes que a la víctima reconocida por la Justicia. Porque sí, porque le da la gana y lo adjetiva hasta la náusea. Igual que si yo me mudo a Italia, quizá eligiría a la Lazio (o al Inter de Milán, vete a saber). Lo peor es que sus vísceras, sus entrañas (porque eso es ese artículo), escogen lo de siempre: la versión del hombre.

Lo curioso en este caso es que a pesar de la condena y las pruebas, ese señor o señorito está en contra de la Justicia cuando seguramente, igual que muchos que comentan por aquí, ladran en contra de Rocío Carrasco apelando precisamente a esas leyes que a veces, como en el caso de Nevenka, ni siquiera son suficientes. Tratamos con una paradoja. Con personas tan perdidas que defienden algo y a su vez lo contrario. Rocío Carrasco ha sacado pruebas pero la Justicia, aún, solo aún, no le ha dado la razón (algo me dice que se la dará). Y está mal, porque no se acoge a la ley y Telecinco no puede ser un Juzgado. Ok. Ahora resulta que Nevenka se acogió a la ley, la Justicia le dio la razón en un momento imposible (aquellos bisoños primeros 2000) y tampoco les va bien.

¿Cuál es la salida? ¿La muerte con Miolastán? O con lo que sea, esa muerte, como recordó hace poco Ángeles Caballero. ¿Esa es la salida que congratule a todos? ¿La muerte como Carmina Ordóñez? En ese drama, solo así estaremos de acuerdo.