La gran broma final

En los Museos Capitolinos se exhibe ‘El Espinario’, una estatua que muestra a un niño sacándose una espina de la planta del pie izquierdo. Bien, pues ese niño es España, Sánchez es el pie e Iglesias, la espina. La tesis queda clara. Ayer, el pueblo de Madrid ha actuado como un cirujano extrayendo con precisión la espina que España tenía en el cuerpo y que le impedía avanzar, uno de esos dolores constantes que lo llenan todo, que te machacan desde un segundo plano y que no te dejan pensar en otra cosa. Exactamente eso ha sido la política española desde que llegó Iglesias: un dolor crónico en el pie izquierdo. No se engañen, esto no es Las Vegas y lo que pasa en la izquierda no se queda en la izquierda. Cuando la izquierda enferma por culpa de una espina que se infecta, no les duele solo a ellos. Somos todos los españoles quienes pagamos las consecuencias de la necrosis y su olor a podrido.

Habitualmente la izquierda se limita a hundirnos económicamente, pero esta vez no: la espina Iglesias ha infectado todos los aspectos de la convivencia. El PSOE podría habernos ahorrado un año y pico de vergüenza, ridículo internacional y debilitamiento del estado de derecho sacándose la espina ellos solitos, pero no han querido. Es más, han besado la espina de modo apasionado pensando que nacía de su propia rosa. Pero la vida nos enseña que besar espinas solo sirve para partirte el labio. Y ahora están sangrando.

Un tahúr
Pablo sabía lo que hacía presentándose en Madrid: una huida con apariencia de dignidad, un escape con cierto halo de épica hacia otros proyectos alejados de la responsabilidad y me temo que también de otras cosas, porque pudiera parecer que hay algo personal de fondo en sus últimas decisiones. Por supuesto no recogerá el acta. A última hora de la noche salía con la afectación del tahúr, para anunciar que se iba, que se cortaba la coleta y España descorchaba el champán. Lo hacía con un discurso vulgar, tramposo, sin ningún tipo de elegancia y con el estilo arrabalesco y fulero marca de la casa. La realidad es que se va porque ha fracasado, porque España le ha echado y porque prefiere hacer el zángano. Y que sin espina podremos avanzar.

Pablo apareció en nuestras vidas indignado con un gobierno de Zapatero y, tras diez años de lucha sin cuartel, de guerra civil mediática, de vómitos y excrecencias de todo tipo, de odio contra todo, de chulería y arrogancia, de justificación e incluso aliento de la violencia, de engañar a todos y de proyectar sombras de corrupción, lo único que ha conseguido es dejar a la derecha gobernando en Madrid con una mayoría abrumadora, a Izquierda Unida desintegrada, a los sindicatos zombies, a Errejón humillándolo y a un PSOE desprestigiado expiando las culpas por haberse echado en sus brazos. Esta es su gran obra, y el resto, apenas una anécdota que pasará como pasan todos los fenómenos televisivos. Pablo ha sido una vacuna para que toda una generación se separe de la izquierda, una inyección de realidad que deja a su bloque temblando y que nos ha inmunizado contra los experimentos revolucionarios de mediocres que se creen Mesías.

La medicina es la Constitución, basada en la concordia, en la reconciliación y en los símbolos comunes, es decir, en lo contrario de lo que Pablo Iglesias ha representado este tiempo. Y como diría Nacho Vegas: «Dejan los tambores de sonar y un gong anuncia la retirada. Se discute la capitulación mientras se aproximan carcajadas». Siguiendo su propia teoría, si Iglesias vuelve a Vallecas a partir de esta noche, lo debemos interpretar como una provocación. Esa es la gran broma final.