La arquitecta que se afianza como valor

Rocío Monasterio ha resistido. Ha sobrevivido al fenómeno Ayuso, un ‘boom’ engrandecido por la totalitaria operación gubernamental para tener Madrid contra Madrid misma, y por el hundimiento de Ciudadanos, ya en las fauces del PP. Estas no eran circunstancias para Vox. Monasterio ha hecho una campaña, además, en un contexto de violencia, de violencia física y argumental. Ha tenido que acostumbrarse a que la llamen «nazi» y «fascista», porque lo de «ultraderecha» ya no era bastante. Y hasta esos ataques los ha patrimonializado a veces el PP, cuyos hábiles ecos mediáticos han rebañado para la causa, cuando les ha convenido, ataques que solo sufría Vox.

Pero no ha sido lo único. Monasterio no lo tenía fácil desde la propia estrategia de su partido. Vox no podía dirigir grandes críticas contra Ayuso, con la que ha tenido un comportamiento leal. La pelea de Vox es de más largo alcance, es nacional, y afecta a Abascal. Ayuso tiene una impregnación ‘voxista’: su descaro, el lenguaje del meme y las redes, y que no se somete a la izquierda. No es improbable que haya conseguido también bastantes votos potenciales de Vox. Con eso de su parte, y habiendo sido convertida en víctima y heroína de la derecha social por una campaña gubernamental en su contra (primeros indicios de desmesura estratégica en Sánchez), Vox no iba a atacar nada de su gestión, poco de su política y solo alguna cosa de la incongruencia de fondo: comportarse, en ocasiones, como el PP de Galicia, ocultando al partido.

Así las cosas, Monasterio tenía muy poco por donde ganar, y bastante que perder entre piedras que volaban y el estigma mediático. Pero lo ha conseguido. Aprovechó las ocasiones, los debates, los espacios reglados electorales para batirse dialécticamente. Con casi todos los ases en manos de Ayuso, lo tenía muy difícil y se ciñó a los principios. Hizo una defensa clara de los elementos ideológicos característicos de Vox. Habló contra la ideología de género, la infiltración doctrinal de la izquierda en los colegios, la inmigración ilegal… temas que parecían menores en una contienda autonómica marcada por la gestión del Covid, los hospitales o la libertad de abrir los comercios. No le quedaba gran cosa salvo ese haz de temas secundarios, y ahí estuvo firme.

Firme anticomunismo
La campaña de Monasterio ha tenido varios rasgos. Uno es el ya comentado de la relativa lealtad con Ayuso, el juego limpio. Otros dos tienen que ver con su biografía. Su ascendencia cubana explica la naturalidad, la falta de aspavientos, y la gran claridad ideológica de su anticomunismo.

Otro aspecto de su discurso ha sido la nota social. Su empeño en encontrar «socialistas de Vox». Aunque su aspecto huye del disfraz obrerista, su campaña se centró en argumentos para el trabajador: desahogo fiscal, seguridad, la educación como ascensor… Esa nota social estuvo presente en su discurso, y su capacidad para conectar en los mítines quizás le deba algo a su trabajo de arquitecta, a menudo a pie de obra. Hubo una extraña y poco predecible conexión de Monasterio con esos auditorios barriales. No estuvo fuera de lugar. Al contrario. Fue como si estuviese acostumbrada a hablar persuasivamente a las cuadrillas de trabajadores.

Por último, destacó su capacidad dialéctica. Su impasibilidad y su fluidez. No duda, no vacila, y su tono dulce desquicia al rival. En alguna ocasión, ha sido capaz de resumir el programa de Vox de manera brillante, con un afán explicativo notable. Habla muy claro. Las rotundas posiciones de Vox alcanzan con ella una entonación musical casi pedagógica.

El debate en la Ser
En resumen, los méritos de Monasterio han contribuido a afianzar a su partido, que crece pese al fenómeno Ayuso. Vox sigue siendo necesario, aunque poco. Basta su abstención.

Pero es que la labor de Monasterio ha estado supeditada a una estrategia más amplia de Vox, con poco que ganar en Madrid. No ha obstruido el triunfo de la derecha, ni se ha enzarzado en críticas de difícil comprensión a Ayuso. Monasterio, en suma, no ha devuelto aquel discurso de Casado. No ha dado ni una escena de cainismo conservador. De esta forma, el camino de Abascal no se ve obstaculizado.

En lo personal, Monasterio ha conseguido superar una imagen pública creada en parte por la propia derecha («Aristogatos», les llamaban). Pese a los clichés, las bromas con su voz, o los prejuicios , Monasterio se ha convertido en un valor sólido de Vox, opacado en Madrid por el carisma (y la circunstancia) de Ayuso, pero con un recorrido político innegable.

Su participación en el debate de la Ser queda ya como uno de los hitos recientes de la política española. Se mantuvo en su sitio, contra todos, y ya sabemos que no hay forma de que pierda la sonrisa.