«Yo con el Gobierno y tú en contra, pero en casa para cenar»

Ni las detenciones del domingo pasado ni la amenaza de diez años de cárcel por «revuelta» frenaron ayer las protestas en Hong Kong contra el autoritarismo de China. Por noveno fin de semana, decenas de miles de manifestantes, sobre todo jóvenes y adolescentes, volvieron a tomar las calles, cortando durante una hora un importante túnel que conecta con la isla y ocupando el distrito comercial de Kowloon, al otro lado de la bahía.

Tras una marcha que desfiló de forma errática montando barricadas y bloqueando el tráfico, pero abriendo pasillos para los coches y autobuses atrapados, miles de personas cercaron al anochecer la comisaría de Tsim Sha Tsui. Allí lanzaron huevos contra la fachada y piedras contra los vehículos del aparcamiento, rompiendo la ventana de uno. Dando un paso más, los manifestantes prendieron fuego ante la puerta de la comisaría, donde sonó la fuerte explosión de un petardo antes de que las llamas fueran extinguidas.

«Nuestro objetivo no es ganar, sino provocar y seguir ejerciendo presión al Gobierno porque, después de dos meses, no hemos obtenido ninguna respuesta», se quejaba Gordon, un estudiante de inglés de 19 años que, completamente de negro, acudía pertrechado con pasamontañas, gafas, máscara y un casco de albañil. Para Jason, que a sus 33 años trabaja en una compañía internacional, su motivación iba más allá de la controvertida ley de extradición a China que ha desatado esta revuelta. Tal y como contaba, «lo que queremos es que haya democracia en Hong Kong y tengamos sufragio universal, como se nos prometió cuando el Reino Unido devolvió la ciudad a China».

Tras varias horas de asedio a la comisaría, aparecieron los antidisturbios, que dispararon varias rondas de gases lacrimógenos hasta dispersar a medianoche la protesta, propagada a otros barrios donde sus vecinos se enfrentaron con los agentes.

Pero, para darle más variedad a este verano caliente que sufre la antigua colonia británica, también hubo una concentración a favor de la Policía y de China. Ondeando banderas nacionales y de Hong Kong, y entonando canciones en mandarín como «El mañana será mejor», unos pocos miles de personas se congregaron por la mañana en el Parque Victoria para apoyar a las autoridades, que se enfrentan a su peor crisis política desde la devolución por parte del Reino Unido en 1997. Aunque la asistencia fue mucho más baja que en las dos concentraciones anteriores a favor del Gobierno, que reunieron a decenas de miles de personas, el ambiente fue festivo y predominaron las actuaciones musicales con letras ensalzando la unidad y a la «madre patria» china. Debido a la mala Prensa que tiene el régimen del Partido Comunista en Occidente, los pocos periodistas extranjeros que acudimos fuimos mirados con bastante recelo y hasta con animosidad.

También se oyeron mensajes contundentes contra los manifestantes, como se vio en los vídeos de sus enfrentamientos con los antidisturbios. Unas imágenes que cargaban las tintas en los ataques de los jóvenes y adolescentes y destacaban el valor de los agentes, pero que no ayudaban a «dar una oportunidad a la paz» como rezaba uno de los lemas de la convocatoria. Tampoco la presencia del diputado afín a China Junius Ho, famoso por felicitar a los matones que atacaron brutalmente a los manifestantes en la estación de Yuen Long y por proferir amenazas de muerte tras la profanación de la tumba de sus padres. «¡No necesitamos ninguna revolución en Hong Kong!», gritó desatando el delirio entre los asistentes, que también escucharon críticas a la educación por haber formado a una nueva generación muy rebelde.

«Uno de mis hijos, que es diseñador y tiene 24 años, no piensa como yo y ha ido a la protesta contra el Gobierno. Le he dicho: Tú ve a Mong Kong y yo voy al parque Victoria, pero a las seis tenemos que estar de vuelta en casa para cenar», explicaba a ABC Sam, un jubilado de 60 años. Es el precio de la fractura social que ya está pagando Hong Kong, donde hay familias divididas por las protestas. «No podemos hablar mucho de política porque enseguida nos enfadamos», reconoció Sam. Como él, la mayoría de los asistentes eran personas mayores o de mediana edad, ya que apenas había jóvenes.

Uno de los pocos era Gerry, un estudiante de Shanghái de 26 años que confesaba que no le interesaba mucho la política, pero había venido porque lo habían llamado sus amigos. En cuanto lo vieron hablando con un periodista occidental, varias mujeres con camisetas con las banderas de China y Hong Kong se lo llevaron rápidamente. Al igual que Gerry, bastantes de los asistentes eran inmigrantes de China continental que llevan años trabajando y viviendo en Hong Kong. Informados por los medios estatales de Pekín, donde imperan la propaganda y la censura, suelen identificar las protestas pro-democráticas de los jóvenes como ataques separatistas contra la unidad nacional.

«Claro que confío en el Gobierno porque soy china y Hong Kong es parte del país. Hemos venido aquí para apoyar a la Policía y detener la violencia de los manifestantes porque la situación es muy inestable», se quejaba Portia, ama de casa de unos 50 años casada con un francés. A pesar de la amenaza velada del Ejército chino, que esta semana difundió un vídeo de sus soldados aplastando una protesta popular y luciendo sus tanques y misiles, no cree que haya una intervención militar porque «es una decisión difícil que afectaría aún más a la economía».

Esa era también la preocupación de Jackson, un empresario que fabrica aparatos electrónicos de alta gama en la vecina provincia china de Cantón. «Las protestas están afectando a los negocios, que ya estaban dañados por la guerra comercial con Estados Unidos por los aranceles de Trump», se lamentaba resignado.

Este domingo hay convocadas tres manifestaciones más y el lunes una huelga general, que será la primera en Hong Kong desde los sangrientos disturbios de 1967 y cuyo seguimiento revelará el nivel de apoyo social que tienen las protestas contra el autoritarismo de China.