Trump pasará, pero ¿y AMLO?

El populismo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en sus formas personales, es muy semejante al de Hugo Chávez o Evo Morales. Las «mañaneras» del presidente mexicano –esos mensajes diarios televisados que en el fondo convierten el Estado en patrimonio del mandatario, sujeto a sus humores y arbitrariedades– son comparables al «Aló, presidente» de Chávez o a la intervención cotidiana en Nicaragua de Rosario Murillo, esposa-vicepresidenta de Daniel Ortega.

López Obrador muestra un talante tan similar en muchos aspectos al de esos líderes, que en última instancia la pregunta es si, creyéndose insustituible, forzará su permanencia en el poder, como Chávez-Maduro, Ortega y Morales. En Latinoamérica también ha habido algún presidente de derecha que ha propiciado un cambio legislativo para obtener la reelección presidencial (en Honduras se aprobó una reelección consecutiva), pero ha sido la izquierda de tinte bolivariano la que principalmente ha hecho bandera de este asunto, con un hiperpresidencialismo que incluía la reelección indefinida.

Por su parte, el particular populismo de Trump tiene fecha segura de expiración (enero de 2021 o de 2025, según sea o no reelegido el próximo mes de noviembre). Si en su discurso de inauguración, la influencia de Steve Bannon parecía otorgar a Trump el deseo de pilotar un movimiento que cambiara el sistema, poco después quedó claro que el presidente estadounidense no está en ninguna revolución y que tras pasar el tiempo estipulado en la Casa Blanca se seguirá dedicando a sus negocios.

López Obrador sí quiere transformar el sistema político, y para ello cuenta con mayoría en las dos cámaras del Congreso. Una reelección tras el sexenio único choca contra uno de los pilares del México moderno –la revolución de 1910 se hizo precisamente para imponer la no reelección–, pero AMLO también podría mantener su influencia gobernando a través de un sucesor suyo en la presidencia, como en los inicios del PRI.

Es aún pronto para que López Obrador haya definido una estrategia. Su alta popularidad le deja abierta ciertas opciones, pero la celebración de su primer año como presidente, este 1 de diciembre, deja un balance negativo en economía y seguridad que puede atarle las manos.

Recesión económica
El Gobierno se vanaglorió a comienzos de año de que la cancelación de las obras del nuevo aeropuerto internacional de Ciudad de México (NAICM) no estaba afectando a las inversiones y por tanto a la economía. Pero la situación pronto cambió. De vender que la economía de México crecería un 4% anual durante el sexenio, AMLO ha llegado a su primer aniversario como presidente con el país en recesión. Durante el último trimestre de 2018 y los dos primeros de 2019 el PIB del país cayó un 0,1%; desde el verano el crecimiento está en 0,0%, según las propias cifras gubernamentales. Esto podría hacer revisar incluso la mejora del 1,3% que inicialmente preveían el FMI y la Cepal para 2020.

La deuda pública, que en los últimos de Peña Nieto fue decreciendo, ahora vuelve a estar en ascenso: puede alcanzar el 53,8% del PIB al término de 2019 y el 54,6% a final de 2020, de acuerdo con la estimación del FMI. Unas cifras ligeramente más bajas han obligado a los gobiernos de Ecuador y de Colombia a aplicar paquetes de reformas, que han causado protestas callejeras contra Lenín Moreno e Iván Duque, respectivamente.

Si la fortaleza de líderes como Chávez, Correa y Morales se basó en el ciclo de bonanza de las materias primas –el incremento de los precios financió el clientelismo del sistema–, AMLO se enfrenta a un ciclo menos expansivo. Incluso en la cuestión petrolera parte de una situación menos ventajosa que Chávez, que cogió PDVSA con un nivel de producción suficiente, a cuya promoción el dirigente venezolano no dedicó inversiones, mientras que el mexicano hereda un PEMEX bajo mínimos, que requiere aportaciones públicas para que tenga un mayor impacto en las cuentas del Estado.

Récord de homicidios
La seguridad ciudadana ha empeorado y México va camino de superar este año el récord de homicidios dolosos, tanto el marcado por Felipe Calderón (PAN) como luego por Enrique Peña Nieto (PRI). Los 36.685 homicidios de 2018 fueron una importante palanca dialéctica en la campaña electoral del líder de Morena, pero con una gestión luego adversa López Obrador primero cuestionó las cifras para luego mirar hacia otro lado.

Como aspectos positivos de la presidencia está una relación de trabajo con Estados Unidos que, aunque no fácil, ha dado sus resultados, como la renovación del tratado de libre comercio de América del Norte (el aumento del salario mínimo en México busca superar las reticencias de los sindicatos estadounidenses) o la aceptación mexicana de contribuir a limitar la llegada de migrantes centroamericanos a EE.UU.

En otros asuntos la gestión de López Obrador no ha resuelto problemas que pretendía solucionar, como acabar con el robo de gasolina que se realiza perforando los conductos de combustible (se siguen robando 5.000 barriles diarios). Y en cuento al recién anunciado plan de infraestructuras, de 42.000 millones de dólares para todo el sexenio, aportado principalmente por la iniciativa privada, aún no está cerrada la inversión para el tan prometido Tren Maya.