Protestas en Ucrania ante el acuerdo para unas elecciones en el este rebelde del país

El martes, por primera vez desde que se firmó la segunda versión de los acuerdos de paz de Minsk, en febrero de 2015, Ucrania, Rusia, la OSCE y representantes de los separatistas de Donetsk y Lugansk firmaron en la capital de Bielorrusa un acuerdo para desatascar la situación y avanzar hacia una paz definitiva.

El aspecto central del texto del documento, que fue ya propuesto en 2016 por el entonces ministro de Exteriores y ahora presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, estipula la celebración de elecciones en las dos regiones rebeldes bajo la supervisión de la OSCE y con arreglo a la legislación ucraniana, de ahí que la iniciativa lleve el nombre de «Fórmula Steinmeier».

Sin embargo, tan pronto el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, anunció el martes por la noche en una rueda de prensa que se había logrado rubricar el protocolo con la hoja de ruta propuesta por Steinmeier, surgieron dudas entre las distintas fuerzas políticas del país, críticas mientras la ciudadanía salía a la calle para protestar en distintas ciudades del país. También manifestaron su desacuerdo mucha gente en la dos repúblicas secesionistas.

Pero las autoridades ucranianas se afanan en explicar que lo firmado el martes en Minsk por el representante de la OSCE, el exjefe del Estado ucraniano, Leonid Kuchma, el expresidente de la Duma (Cámara Baja del Parlamento ruso), Borís Grizlov, y los emisarios de Donetsk y Lugansk, es una versión mejorada de la «Fórmula Steinmeier». A saber, Zelenski sostiene que los comicios en las dos entidades territoriales desgajadas de Ucrania gracias a la ayuda militar de Rusia «no se celebrarán a punta de pistola», es decir, los rebeldes deberán deponer las armas y las fuerzas rusas retirarse. El máximo dirigente ucraniano afirmó también que las elecciones no tendrán lugar antes de que su país recupere el control total de la frontera con Rusia, que es por donde entran los mercenarios y el material militar para mantener viva la sublevación secesionista.

Durante el periodo electoral, Donetsk y Lugansk recibirían un estatus autonómico temporal y, si todo sale bien y los comicios son reconocidos internacionalmente, Ucrania tendría que proceder a modificar su Constitución para que el régimen autonómico de las dos provincias sublevadas en 2014 pase a ser permanente.

Pero mientras en Moscú se ha aplaudido el acuerdo del martes y hablan ya de una reunión de los jefes de Estado del Cuarteto de Normandía (Alemania, Francia, Rusia y Ucrania), las formaciones ultranacionalistas ucranianas califican lo sucedido de «capitulación» y «traición». También el expresidente ucraniano, Petro Poroshenko, ha condenado el paso dado por Zelenski, que ya anunció nada más ser elegido en abril que su primera tarea sería acabar con el conflicto en el este del país. La exprimera ministra, Julia Timoshenko, ha calificado de «amenaza directa para la soberanía nacional» la aplicación de la «Fórmula- Steinmeier».

Y es que hay muchos recelos y desconfianza mutua. En Ucrania se teme que Rusia incumpla una vez más sus compromisos, rechace retirar a sus hombres de Donbass y aproveche para ganar tiempo y lograr el levantamiento de sanciones al tiempo que se legitiman en las urnas los dirigentes separatistas. Por su parte, la población de Donetsk y Lugansk creen que, una vez bajo la tutela de Kiev, habrá represalias y discriminación.