Las cuatro mentes delirantes que levantaron el Muro de Berlín

El 12 de agosto de 1961 cambió Europa tal y como se conocía. De la noche a la mañana, una extensa línea de alambre de espino separó la Alemnia Oriental de la Occidental. La sorpresa fue mayúscula, pero no del todo mal recibida por la comunidad internacional. «Es mejor que una guerra», afirmó poco después John F. Kennedy. Hubo quejas, pero no demasiado sonoras. El cómo llegó aquella barrera a dividir una ciudad ha sido narrado en un sin fin de ocasiones. Pero… ¿quién fue su artífice? La responsabilidad última fue del líder de la RDA, pero contó con el apoyo de sus acólitos más cercanos.

Walter Ulbricht
Walter Ulbricht era el jefe de Estado de la RDA cuando se construyó el muro. Nacido en Alemania, informó en 1960 a Nikita Kruschev (sucesor de Iósif Stalin) de los problemas que generaba la emigración masiva de ciudadanos desde la zona soviética hacia el oeste. Por carta, llegó a amenazar con tomar alguna medida drástica para atajar el problema.

En junio de 1961 pasó a la posteridad cuando una corresponsal del «Frankfurter Rundschau» le preguntó si, en el caso de que se convirtieran tres sectores de la mitad oeste de la ciudad en una «ciudad libre» desmilitarizada, el límite de la frontera estaría en la Puerta de Brandenburgo. Sin venir a cuento, Ulbricht respondió lo siguiente: «Según su pregunta, entiendo que hay gente en la Alemania Occidental que desea que movilicemos a los obreros de la capital de la RDA para que construyan un muro, ¿es eso?». Luego añadió: «Nadie tiene la intención de construir un muro».

Un mes y medio después, el mundo pudo ver cómo se levantaba el Muro de Berlín. Ulbricht abandonó su puesto en 1971. A nivel oficial, aquejado de problemas de salud. En realidad, por las desavenencias con Moscú.

Erich Honecker
El político alemán Erich Honecker fue uno de los máximos valedores del muro y uno de los personajes sin los que su nacimiento no habría podido orquestarse. El entonces máximo responsable de la seguridad dentro del Comité Central del Partido era una de las pocas personalidades de la zona comunista que conocía la existencia de la «Operación Rosa» (el establecimiento, el 12 de agosto, de las primeras alambradas que separarían Berlín y que pasarían a ser bloques de hormigón). Y no solo eso, sino que la había preparado de forma minuciosa durante muchos meses.

A la postre, y ya como presidente del Consejo de Estado de la RDA y líder del SED (Partido Socialista Unificado de Alemania) cantó las alabanzas de esta barrera y afirmó convencido que había evitado la Tercera Guerra Mundial. «Seguirá en pie dentro de 50 o 100 años», señaló poco antes de su caída.

Erich Mielke
Entre los privilegiados gerifaltes que conocían la existencia de la «Operación Rosa» se hallaba Erich Mielke, un tipo que apenas superaba el metro sesenta de altura y que había demostrado de sobra su lealtad al comunismo desde 1957, cuando ascendió hasta el mando de la Stasi (el Ministerio para la Seguridad del Estado de la RDA, la policía represiva del régimen).

El 11 de agosto Walter Ulbricht le ordenó que reuniera a sus subordinados y organizara, bajo estricto secreto, el comienzo de las obras del muro. A partir de entonces este macabro personaje se encargó de que los dieciséis millones y medio de personas que vivían en la Alemania Oriental se mantuvieran fieles al comunismo. Y lo hizo organizando un ejército de 90.000 agentes y 260.000 informantes encargados de vigilar a sus compatriotas. Sus hombres también debían evitar las fugas masivas hacia la RFA.

Nikita Kruschev
Kruschev fue un personaje contradictorio. Al frente de la URSS desde 1953, se esforzó por demostrar que su país había pasado página y olvidado el régimen personalista de Iósif Stalin. Sin embargo, también quiso hacer valer la superioridad soviética frente al capitalismo. El veterano de la Segunda Guerra Mundial definió la situación en Berlín (la marcha en la década de los cincuenta de más de dos millones de personas de la RDA a la RFA) como «un tumor canceroso».

Poco después, exigió que la zona occidental fuese desalojada y se convirtiese en una ciudad libre desmilitarizada. EE.UU. se negó. El 1 de agosto, Kruschev mantuvo una conversación telefónica con Walter Ulbricht e insistió en una idea: «Creo que nuestras tropas deberían poner un anillo de acero, pero sus tropas deberían controlarlo». Con todo, la decisión final partió del SED.