Estas verdades

En la sede de los Archivos Nacionales en Washington D.C. se pueden visitar las reliquias históricas de Estados Unidos. Entre esta colección de documentos fundacionales del sueño americano destaca la Declaración de Independencia, encargada teóricamente a un comité parlamentario pero redactada en su mayor parte por el contradictorio pero genial Thomas Jefferson.

El texto, ratificado por el Congreso Continental el 4 de julio de 1776, sirve múltiples propósitos: memorial de agravios, alegato contra la tiranía, proclama revolucionaria. No es la Constitución de 1787. Se trata más bien de una declaración de principios democráticos pero sin resultados garantizados: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

Estas promesas, engañosas desde el principio por la tragedia tolerada de la esclavitud, ayudan a explicar las violentas protestas repetidas en decenas de ciudades de EE.UU. desde hace una semana. Los disturbios no tienen necesariamente que ver con la muerte en particular del afroamericano George Floyd, después de que un policía blanco al detenerle en Minneapolis le aplastase el cuello durante 8 minutos y 46 segundos.

El estallido racial en EE.UU. debe entenderse como parte de la corrosiva crisis de desigualdad agravada por la Covid-19. Los afroamericanos (y también los hispanos) son los que más están sufriendo la pandemia, ya sea en su condición desproporcionada de víctimas del coronavirus o damnificados de la subsecuente crisis económica. No hay indicador social –desde probabilidades de terminar en la cárcel hasta el riesgo de ser víctimas de brutalidad policial– en el que los negros americanos no salgan dolorosamente perdiendo.

Las «verdades» del siglo XVIII se han difuminado entre tanto salvajismo, impunidad y desesperanza. Por eso, en el peor momento posible, EE.UU. se encuentra más dividido, disminuido y distraído que nunca. Mientras que el pirómano sin escrúpulos instalado la Casa Blanca arroja más gasolina sobre la obscena desigualdad y la hostilidad racial de un país fundado con las mejores intenciones igualitarias.