Berlín fantasma

Berlín era una tragedia shakespeariana. Para los de mi edad. No una ciudad. Antes que nada, una amalgama de secuencias de cine y páginas de libros. Pantallas de la Guerra Fría, novelas de Le Carré, montaron el rompecabezas que había ido encajando, milimétricamente, una leyenda dorada o negra en nuestras mentes. Leyenda dorada y negra al tiempo, para los menos ingenuos. Al Próspero de «La Tempestad» le hubiera fascinado: porque Berlín, más que ciudad alguna, estaba hecha «de la materia con la cual se tejen nuestros sueños»; ésos a cuya forma acabada llamamos pesadillas.

Y el tiempo de la leyenda, el del mito, es un tiempo congelado. En el cual nada sucede que no sea lo desde siempre previsto. Decíamos Berlín, como quien dice un fósil: bello en su exención de cualquier trastrueque, de cualquier vida, inmóvil, para toda la eternidad inmóvil. Viajar hasta ese territorio legendario era resbalar por las páginas de un libro siempre acechado por la sombra del gris Smiley y la, intangible, de sus inasibles espías venidos del frío. Viajar allí era también incrustarse en el ángulo sombrío de un fotograma de El Gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene. Y asistir, desde el abrigo de ese recodo en sombra, al geométrico despliegue de un mundo hipnotizado. Que es, al fin, un manicomio.

Berlín Oriental, cuando en él me extravié en 1979, era sólo materia de los sueños más pertinaces: de las pesadillas. Un engranaje de cine expresionista -Metropolis de Lang por simplificar, sin falsear, las cosas-, en el cual cada sujeto replica los mecánicos gestos del autómata que él es: una máquina bien programada. Más de una vez me vino allí la imagen de un maravilloso cuadro anónimo visto en el Palacio de Urbino, que cifra la utopía urbana renacentista: La città ideale. Líneas geométricas, en un espacio vacío que cristaliza eternamente los relojes. Pero aquello, que en el siglo XVI, era un proyecto de belleza, tomó aquí, al realizarse, ese tono de angustia gris, desesperada, al cual Sigmund Freud llamaba lo Umheimlich, lo que no estamos en condición de configurar y, así, reconocer; lo imprevisto que dispara en nosotros la angustia. Berlín, en 1979, era una impecable máquina de producir angustia. Y no era siempre fácil saber de dónde tal desasosiego te venía.

Ese Berlín de diez años atrás pasaba en bucle sus imágenes sobre la pantalla de mi memoria durante el vuelo: avión Madrid-Berlín, 11 de noviembre de 1989. El día antes, todos los teletipos del planeta habían replicado una sola noticia: el Muro de Berlín estaba siendo derribado. Fui enviado para contar aquello. Pero no me hubiera hecho falta encargo alguno. Era mi deuda con la ciudad amputada, la que estaba saldando en ese viaje. Me preguntaba si podría hacerlo. Si sería ahora capaz de lo que en 1979 no supe: escribir lo que veía. Escribir lo que, de puro extraño, escapaba a mi oficio de abrir lo ojos y narrar. Narrar aun lo más ajeno.

Visitando el fantasmal museo de autómatas, que era uno de los tesoros peor conocidos del Berlín Oriental de mi primer viaje, había tenido yo la impresión de vivir una sinécdoque mortífera. Aquel pequeño universo de muñecos animados, de complejas mecánicas de relojería que se movían espasmódicamente, que danzaban, que hacían sonar sus instrumentos musicales, aquella fantasmagórica utopía que concibió Vaucanson en el siglo XVIII y que daría a Edgard Allan Poe ocasión para su texto más obsesivo, era el trasunto exacto de Berlín Oriental. También, por extensión, de la que se hacia llamar República Democrática Alemana. Y era su verdad más cumplida: un gran reloj, en cuyas ruedas toda actuación de los sujetos está prevista y es transparente a quienes cuidan y dictan la armónica coordinación de sus movimientos. Un reino perfecto, ajeno al tiempo, un reino en el cual nada nunca va a ser cuestionado. Un giro que siempre se cierra sobre sí mismo: autista. La utopía en sus perfiles más oscuros.

Anestesia de medio siglo
Pero, un día, la cuerda del autómata se traba, los flejes saltan. Y las agujas del reloj humano se vuelven locas y giran febrilmente en ambos sentidos. El sueño, que era pesadilla, se precipita entonces sobre el desfiladero de una vigilia extraña. Umheimlich, sin coordenadas, sin cuadrícula mediante cuya orientación abrirse camino. Un 11 de noviembre de 1989, yo iba a tener el privilegio de asistir a la salida de esa imprevista anestesia de medio siglo; de aquel letargo que todos nos habíamos resignado a creer eterno.

Del aeropuerto, me fui directamente al Muro. Nunca he hecho fotos: soy incurablemente nulo para eso. Pero, antes de salir de Madrid, me habían colocado en la mano una de esas maquinitas para tontos. «Tú aprietas aquí y ella lo hace todo». Apreté «aquí». Lo que salió me deslumbró más tarde. Sobre el borde del muro, ya considerablemente horadado, un malabarista hacía jugar sus chismes volanderos: no recuerdo si pelotas o mazas. La foto circuló después mucho en la prensa. No lleva mi firma, pero es que, en realidad, la hizo la máquina; yo sólo puse el dedo.

Era una fiesta. Sobre todo. Una fiesta caótica, en la que se hacía difícil imponer la constancia de que una mutación histórica de dimensión incalculable se había consumado. Diez años antes, cuando desde el arco de Brandemburgo yo contemplaba el horizonte truncado por la línea grisácea del Muro, sabía que cualquier acercamiento a aquel horrible parapeto sería pagado con la muerte. Las torretas de vigilancia no dejaban ángulo muerto. Y los kalashnikovs de lo vopos no eran decorativos. Berlín era un presidio blindado, del cual ningún berlinés saldría nunca. Dabas entonces, resignado, la espalda a todo aquello y te adentrabas hacia Unter den linden: un bello decorado escénico, concebido por los dirigentes de la DDR como sublime escaparate socialista. Allí -sólo allí-, el bello urbanismo del Berlín decimonónico había sido restablecido hasta el último detalle: el paseo de los tilos, la Ópera, la Universidad von Humboldt, el grandioso museo de Pérgamo…, todos los nombres solemnes de la Alemania romántica: un auténtico Berlín-Potemkin. Mentira todo, todo escena. Luego, dabas de bruces con el mamotrético parlamento. Y el brutal urbanismo de cemento prefabricado imponía su despotismo. Y todo era indeciblemente feo.

Pero la fiesta de los más jóvenes fluía ahora, en este noviembre del 89, de un lado a otro lado del muro: era una marea continua, ritmada por los mazos y martillos que desmigajaban la horrible masa de cemento. Como buenamente pude, arranqué un par de cachitos a pedradas. No era fácil: se deshacía enseguida en una arenilla sucia. Sigo conservando uno muy pequeño. He pensado luego -así lo he escrito- cómo una certeza primordial me atravesó, de pronto: la de que sólo en dos ocasiones mi generación había atisbado lo que es de verdad ser libre. La primera fue en la primavera parisina del 68: cuando todos los sueños se proclamaban posibles. La segunda fue en ese noviembre berlinés del 89: cuando supimos que las pesadillas pueden también borrarse. Y que, aun en la mole densa del shakespeariano absurdo con el que ruido y furia devastan los destinos de los hombres, puede abrirse un resquicio a lo imprevisto. Berlín fue, en ese mes de noviembre, hace treinta años, la irrupción de lo imposible. La libertad. Para quienes nunca la conocieron. No demasiada cosa. Todo.